Él se
compadece
Mi alma glorifica la grandeza del Señor / 47 y mi espíritu se regocija en Dios, mi Salvador. 48 Porque ha mirado la humildad de su sierva. / He aquí que desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada. 49 Porque el Poderoso ha hecho grandes cosas en mí / y su nombre es santo. 50 Se compadece de generación en generación / de todos los que le temen. 51 Realiza proezas con su brazo: / dispersa a los que están llenos de soberbia en su corazón; 52 derriba a los poderosos de sus tronos / y exalta a los humildes. 53 A los hambrientos colma de bienes / y a los ricos los despide con las manos vacías. 54 Se ha acordado de su siervo Israel / y se ha acordado de su misericordia, 55 la que prometió a nuestros padres, / a Abraham y a su descendencia para siempre.
¡Qué canto tan poderoso! Estos versos himnicos del «Magnificat», que el evangelista Lucas pone en boca de María, aluden temáticamente a la tradición judía: en el centro está la liberación de Israel mediante la poderosa acción de Dios sobre su pueblo.
Paralelamente, Lucas pone el acento de la liberación en la mujer que ha experimentado la salvación en su propia carne: María canta su testimonio de fe. Ella está liberada de la «vergüenza» sociocultural de estar esperando un hijo siendo una mujer joven y soltera. Con ella y después de ella, muchas personas más harán resonar precisamente estas palabras. En la Iglesia, el Magnificat sigue estando firmemente arraigado hasta hoy en el https://www.stundengebet.de/jetzt-beten/ (external link, opens in new tab) y otras formas litúrgicas. Es un canto que desafía el dominio extranjero y el abuso de poder. Pero es también un retrato de la Madre de Dios que Lucas ha plasmado en la historia de la humanidad —con sus propios colores—: las diferencias sociales se nombran con claridad, al igual que las estructuras de dominio político. Las palabras de María, con imágenes poderosas y en un tono elevado y solemne, apuntan a la justicia de Dios, que ha recibido un rostro en Jesucristo.
En la alabanza, María incluye, por así decirlo, las experiencias de la historia de muchas personas con Dios. Por lo tanto, no se limita al agradecimiento y la alegría por su propio destino, sino que invita a todos aquellos que deseen compartir sus experiencias a unirse a la alabanza.
El texto invita una y otra vez a la meditación personal. Las siguientes preguntas podrían servir de inspiración:
María pronuncia el nombre de Dios al referirse a sus obras, con términos de misericordia y justicia. ¿Es sagrado para mí el nombre de Dios? ¿Cómo puedo hablar de su nombre para que los demás lo entiendan?
Miriam Pawlak