Versículo bíblico del mes - Octubre de 2023

Mt 10,28-33

¡No temáis!
  

«28 No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno. 29 ¿No se venden dos gorriones por un centavo? Y, sin embargo, ninguno de ellos cae a tierra sin la voluntad de vuestro Padre. 30 Pero en cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. 31 ¡No temáis, pues! Vosotros valéis más que muchos gorriones. 32 A todo aquel que se confiese de mí ante los hombres, yo también me confesaré de él ante mi Padre que está en los cielos. 33 Pero a quien me niegue ante los hombres, yo también le negaré ante mi Padre que está en los cielos».
 

Ante la invasión de Ucrania por parte de Rusia, el filósofo Peter McCormick, del Institut international de philosophie de París, declaró: «We are living in a tumbling world» —Vivimos en un mundo que se tambalea. Tiene razón: la pandemia del coronavirus. Ucrania y otras guerras en todo el mundo. El hambre y el desplazamiento como consecuencia. El cambio climático, que —casi a diario en las noticias— se revela como una catástrofe climática. Un conjunto de crisis que hace tambalear a las personas, a las naciones, sí, al mundo entero.

Por si fuera poco, precisamente en estos tiempos, la Iglesia, la comunidad de Jesucristo, se encuentra sumida en una crisis de credibilidad masiva debido a los escándalos de abusos y a su insistencia en posiciones que ya casi nadie acepta.

Sin duda: vivimos en un mundo tambaleante.

Es precisamente en esta situación donde Jesús —con un optimismo provocador, infundiendo esperanza y animando— pronuncia su palabra en Mt 10,28-33: «¡No temáis!» (versículos 28a y 31a)

A pesar de todas las crisis, no debemos temer. ¿Cómo es posible?

Jesús dice: ninguna muerte física puede atemorizarnos. Solo hay que temer a «aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno» (v. 28b); se refiere a Dios. Ahora bien, no parece muy atractivo superar los múltiples temores de un mundo tambaleante temiendo además la perdición eterna del cuerpo y el alma en el infierno. La advertencia de Jesús se ajusta aquí a la concepción temporal del castigo divino, tal y como también predicaba Juan el Bautista. Lo importante es el enfoque central del mensaje: si tememos a Dios, el Señor de la vida y la muerte, en última instancia nada puede atemorizarnos. El temor de Dios vence todas las preocupaciones terrenales. Y el «temor» a Dios no es en absoluto, en primer lugar, miedo al juez castigador, sino confianza filial en el Padre celestial. Él mismo tiene en su mirada a los pequeños gorriones, aparentemente sin valor, y no permite que les suceda nada sin su voluntad; cuánto más nos mira a nosotros, los seres humanos, nos conoce hasta el último pelo y nos ama (versículos 29-31). ¡Podemos confiar en Él!

«No temáis» no significa para Jesús solo (pasivamente) estar libres de miedo, sino que conduce a la acción activa, a la confesión. Jesús nos obsequia con intrepidez y esperanza para que las compartamos con los demás. Nuestra propia experiencia de consuelo y valor debe desbordarse para transmitirla a nuestros semejantes. «No temáis» no es, por tanto, solo un consuelo, sino una misión. El contenido de la confesión es Jesús mismo (v. 32): al dar testimonio de Él sin temor, confesamos al mismo tiempo nuestro valor, pues Jesús encarna el fundamento de toda esperanza. Así contagiamos a los demás con esta fuerza de valor y esperanza.

El sociólogo Hartmut Rosa, testigo insospechable por no ser teólogo, señaló con vehemencia la importancia de la religión en una notable conferencia de 2022 titulada «La democracia necesita de la religión». La fe y la Iglesia son insustituibles para la cohesión de nuestra sociedad.

Desde su conferencia, el mundo se ha tambaleado aún más debido a la agudización de las crisis mencionadas. ¡Cuán urgente es, por tanto, la valiente confesión de los discípulos de Jesús —ancla de esperanza (Heb 6,18s.)— para muchos que están tambaleándose!

Jesús nos llama —¿a quién si no, si no es a nosotros?—: ¡No temáis! ¡Profesad vuestra esperanza! Haced que, a la luz de ella, el mundo sea un poco más digno de ser vivido, a pesar del mal y de todas las catástrofes.

Nunca ha sido tan indispensable como hoy el valor para profesar sin temor. Más que nunca, el mundo desquiciado necesita volver a conectarse (re-ligio) con su Creador, el buen Padre que está en los cielos, que se ha acercado a nosotros en Jesucristo.

Gerhard Hotze