Lo
busqué
1 Por la noche, en mi lecho, lo busqué,
al que ama mi alma.
Lo busqué y no lo encontré.
2 Me levantaré, recorreré la ciudad,
las calles y las plazas, buscando
a aquel a quien ama mi alma.
Lo busqué y no lo encontré.
3 Me encontraron los centinelas
en su ronda por la ciudad. ¿Lo
habéis visto, a aquel a quien ama mi alma?
4a Apenas pasé junto a ellos, lo
encontré, a aquel a quien ama mi alma.
¿Cuándo fue la última vez que buscó algo? ¿Fue una búsqueda material o más bien espiritual? La búsqueda de la que se habla en este fragmento del himno del Antiguo Testamento, el Cantar de los Cantares, describe un profundo anhelo al que le sigue el movimiento de la búsqueda. Al leer estas líneas, uno tiene la sensación de estar recorriendo las calles y plazas junto a la persona que busca:
Es de noche. Una mujer sueña. Se encuentra en su lecho y no puede dormir bien, pues sueña con buscar a la persona que ama. El deseo por el hombre la sumerge en tal inquietud que, sonámbula, persigue su anhelo. Su anhelo y su voluntad son más fuertes que las resistencias que, en el canto, simbolizan los centinelas. Su sueño se cumple —al menos en su sueño—. Encuentra a «aquel a quien ama mi alma».
Está previsto litúrgicamente proclamar este fragmento del Cantar de los Cantares el 22 de julio, fiesta de Santa María Magdalena. No es una casualidad. Porque el mensaje pascual de María de Magdala: «He visto al Señor», puede leerse en paralelo al mensaje de la mujer que encontró a «aquel a quien ama mi alma». Se pretende que las dos voces (femeninas), la del Antiguo y la del Nuevo Testamento, se unan entre sí.
La búsqueda de ambas mujeres surge de un deseo interior de encuentro. Ambas aman de manera diferente, una de forma erótica, la otra de forma amistosa. La diferencia es que el encuentro de María con Jesucristo resucitado en la mañana de Pascua no es un sueño, sino la verdad. (Para leer: Jn 20,11-18.) Pero su incomprensión humana ante la tumba abierta que encuentra temprano por la mañana muestra que lo percibe todo como en un sueño, porque está abrumada por su propio dolor. Los ángeles que aparecen en la tumba forman parte del motivo típico de los sueños. Al igual que en la poesía del Cantar de los Cantares, donde la mujer habla con los guardias, también María pregunta primero a los ángeles y luego al supuesto jardinero por Jesucristo, su amigo, maestro y Señor. «Apenas pasé junto a ellos, lo encontré, al que ama mi alma». (Cant 3,4a) La frase también podría proceder de María. El paso, que en la palabra griega se inspira en la Pascua y marca la transición de la muerte a la vida (eterna), se ha elegido deliberadamente. En el Cantar de los Cantares representa metafóricamente el obstáculo que bloquea el acceso al amado. Solo la superación de este obstáculo conduce hasta él. En una estructura paralela se encuentra el relato de María Magdalena en el Evangelio de Juan: solo después de que ella se vuelve —desde la desesperación interior por la ausencia y el dolor de la pérdida de su centro de vida hacia la realidad que le hace ver que la tumba no es el punto final, sino el punto de inflexión—, su vida recupera el sentido que había perdido por un instante. En última instancia, es el propio Jesús quien le abre el corazón, y lo hace con una sola palabra: «María», su nombre.
Miriam Pawlak