En las lecturas litúrgicas del Adviento oímos hablar del fin de los tiempos, del fin del mundo, del Apocalipsis, que a menudo se describe con imágenes drásticas. Las señales que describe Jesús permiten reconocer la proximidad de la plenitud del Reino de Dios:
«Y les dijo una parábola: Mirad la higuera y los demás árboles; en cuanto veis que brotan hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que el Reino de Dios está cerca».
Esto se encuentra al final del llamado discurso sobre el fin de los tiempos, al principio del cual algunos preguntan por el momento exacto del fin del mundo. Una pregunta que desde entonces se ha planteado una y otra vez y que se ha intentado responder con la misma frecuencia, por ejemplo, mediante cálculos o basándose en el calendario maya. Sin embargo, Jesús no responde a la pregunta, no indica una fecha concreta. No obstante, dice que habrá señales en la naturaleza y en la cultura que permitirán reconocer la proximidad de la plenitud, del mismo modo que el cambio de estaciones se anuncia en las hojas de los árboles.
La cuestión del momento no es lo decisivo, pues lo que vale es lo que Jesús ha subrayado una y otra vez: el Reino de Dios ya se ha acercado, a través de él. Esta presencia ya se puede sentir ahora mismo y, por eso, resulta muy oportuno que precisamente estos textos, que hablan del fin del mundo, se lean en la preparación para la Navidad. Porque el nacimiento de Jesús, la encarnación de Dios, es sin duda la señal más clara que tenemos de la cercanía del Reino de Dios.
Celebramos en Navidad esta encarnación de Dios en el pequeño niño del pesebre, y también la fiesta de Navidad en sí misma, el ambiente que la rodea y los clásicos navideños pueden ser signos de la cercanía del Reino de Dios: la decoración navideña transforma desiertos de hormigón sin adornos en mares florecientes y coloridos de luces. Un Ebenezer Scrooge se convierte en la persona más alegre y servicial de la ciudad, y quien antes era ciego al sufrimiento de sus semejantes, ahora ve sus posibilidades de ayudarlos. La existencia de George Bailey, que se creía perdida, se salva gracias al amor de sus semejantes y él puede recuperar el ánimo. El corazón frío de un conde inglés se enciende en amor y así adquiere nuevas fuerzas y una nueva voluntad de vivir. Todo ello muestra una cercanía especial al Reino de Dios.
Aprovechemos juntos este tiempo de Adviento para crear este ambiente especial y ver así cómo se acerca el Reino de Dios.
Oscar Cuypers