¡Agosto, el mes de las bodas! Muchas parejas eligen este soleado mes de agosto para celebrar el día más bonito de su vida. Para muchos, el llamado «Cantar de los Cantares» (1 Cor 13,1-3) el texto nupcial por excelencia, pues precisamente estas palabras del apóstol Pablo, extraídas de la carta a los Corintios, contienen tanta fuerza y tanta verdad que calan hondo y llegan directamente al corazón. Es un texto de un amante que está existencialmente, con cada fibra de su cuerpo, embargado por este sentimiento de amor. Aquí habla alguien que sabe lo que significa
no saber nada para, sin embargo, comprenderlo todo; alguien que no dice nada para, sin embargo, poder decirlo todo; alguien que sabe lo que significa perderlo todo para ganarlo todo; alguien que no tiene fuerzas y, sin embargo, puede mover montañas – porque ama.
La capacidad de expresión, el conocimiento, la fe, las posesiones, todo eso es «fuerte», pero solo con una condición. Porque lo único decisivo es el amor. Sin amor, todo esto es «nada».
Es un texto que escribió un cristiano convencido y que envió a sus amigos en una carta: el llamado apóstol Pablo a una comunidad de Corinto, en la actual Grecia.
El Cantar de los Cantares es un poema sobre el amor —no en versos ni con rimas,
sino con pensamientos profundos. Aquí hay alguien convencido de la cuestión, precisamente del amor. Se lee como una definición del amor. Está convencido de que vale la pena escribir, leer y escuchar sobre ello.
Hacia el final, escuchamos muchas cualidades del amor que, en mi opinión, se describen de manera especialmente impresionante.
Destaco dos afirmaciones importantes: en primer lugar: «El amor no se irrita; no guarda rencor», y en segundo lugar: «El amor es paciente y bondadoso; no se envanece, no se jacta, no se hincha de orgullo».
¿Qué significa esto?
En primer lugar: el amor tiene la fuerza para perdonar, la fuerza para un nuevo comienzo. Da el primer paso hacia la reconciliación. Se mantiene siempre del lado de la paz.
Y además: el amor trabaja en la percepción de uno mismo, en la comprensión de uno mismo y en la expresión de uno mismo. El amor es el lugar y el momento en el que las personas reconocen que solo pueden decir «yo» si también pueden decir, pensar y sentir «tú» y «nosotros».
Ambas cosas van de la mano: la capacidad de afrontar conflictos y la disposición a la reconciliación no existen sin la fortaleza del «yo», sin el «tú» y sin el sentimiento de «nosotros». Es precisamente el amor el que establece esta conexión. Y es el matrimonio el lugar donde precisamente esto se pone a prueba cada día de nuevo. Toda relación exige el «nosotros»; a veces también el «yo». Pero también hay que tener en cuenta lo que puede ser el «tú».
Jesús nos exhorta al amor, en forma de analogía: «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado» (Jn 15,12). El amor que Jesús predicó lo experimentó él mismo: «Como mi Padre me ama, así os amo yo. ¡Permaneced en mi amor!» (Jn 15,9). Está vinculado a la exigencia de «permanecer en el amor». El apóstol Pablo describió cómo se puede lograr esto.
Aleksandra Brand